El imperialismo no es una fase del capitalismo
Contestación a Xabier Arrizabalo en unos encuentros internacionales de economía marxista

Lenin podrá tener los méritos que se quiera, y en especial podrá estar todo lo cerca que se quiera de la posición que tenía el propio Marx sobre ciertos temas, pero es un error monumental pretender hacer de él un teórico de la talla de Marx.
Aunque Xabier no sea de los autores marxistas (por ejemplo, Baran y Sweezy, 1966) que llevan la concepción del imperialismo, entendido como «capitalismo monopolista», hasta el extremo de usar esa caracterización como argumento en contra de la validez de la teoría laboral del valor en la época «actual», creo que sí pertenece al grupo de quienes defienden la misma como simple retal ideológico salvable del propio compromiso partidista con el leninismo.
En mi opinión, Lenin podrá tener los méritos que se quiera –-quiero decir, que no pretendo discutirlos aquí ahora-–, y en especial podrá estar todo lo cerca que se quiera de la posición que tenía el propio Marx sobre ciertos temas, pero es un error monumental pretender hacer de él un teórico de la talla de Marx. Aunque todos nos hemos sentido atraídos alguna vez por la sistemática exposición de su Imperialismo (véase Lenin, 1917), la verdad hay que decirla siempre, y en mi opinión lo cierto es que el análisis del imperialismo por parte de Lenin, no sólo no se sostiene, sino que, como tantas otras cosas de los marxistas, se opone a las ideas que al respecto tenía Marx.
Xabier nos leyó el resumen que el propio Lenin hacía de los cinco rasgos básicos que caracterizaban el imperialismo como, en su opinión, la «fase monopólica del capitalismo».
En primer lugar, el grado de concentración y centralización del capital ha llegado a tal punto que las unidades de capital se han convertido en monopolios. Falso. Los monopolios han existido siempre junto a las pequeñas empresas: desde la época mercantilista hasta la actualidad, la inmensa mayoría de los economistas burgueses los ha criticado como parte de su argumento a favor del sistema «competitivo», desde Adam Smith a Milton Friedman. No hace falta por tanto mencionar la larga lista de economistas burgueses en los que Lenin se apoyó directamente para escribir su librito.
En segundo lugar, la fusión del capital bancario e industrial había dado lugar a una nueva realidad: el dominio de la oligarquía financiera. ¿Se ha preguntado Xabier qué eran los Visconti en la Baja Edad Media, los Fúcar en la Europa de Carlos V, las Compañías de las Indias Occidentales y Orientales en el XVII, los banqueros como John Law a comienzos del XVIII y sus famosos experimentos financieros franco-americanos, etc., etc.?
En tercer lugar, la exportación de capitales domina cada vez más, en términos relativos, sobre la exportación de mercancías. Suponiendo que sea así, ¿acaso no sucedía lo mismo en la época de Ricardo o de Marx? ¿Qué otra cosa cabía esperar en la época del paso del capitalismo mercantil al capitalismo productivo?
Cuarto, las «asociaciones internacionales de capitalistas» se han adaptado siempre al contexto geográfico y social correspondiente, y si siglos atrás sólo se asociaban en torno al Mediterráneo o al conjunto formado por el Mar del Norte y el Báltico (la Hansa, por ejemplo), es lógico que a mayor espacio territorial abarcado, mayor tamaño y extensión habrá de tener el tejido organizativo empresarial (y si queremos introduirnos en el terreno de la ciencia ficción, si se llegara un día a un dominio capitalista de la luna o de algunos planetas, habría sin duda asociaciones «interplanetarias» de capitalistas).
Quinto, se ha terminado el reparto territorial de la tierra. Lo dudo, ya que ni siquiera hoy, ni nunca, todos (capitalistas, estados, etc.) lo darán unánimemente por terminado de una vez por todas. Véanse dos casos recientes. Primero, el reparto de Yugoslavia y, en general de la Europa del Este, significa un vuelco estratégico de esa parte de Europa hacia la esfera alemana, después de décadas de «pertenencia» a la antigua Unión Soviética (para un análisis más detallado de la rivalidad interimperialista entre Alemania y EEUU en la ex Yugoslavia, véase el muy interesante libro de Gowan, 1999). En segundo lugar, tenemos delante de nuestros ojos la nueva Guerra contra Iraq: ¿acaso no es un nuevo replanteamiento del reparto territorial del mundo colonial y neocolonial de las potencias imperialistas actuales?
Alguien podría pensar que al hablar yo mismo de imperialismo me estoy contradiciendo y defendiendo la idea de Lenin. En absoluto. Imperialismo ha habido desde que hay imperios (el romano, y antes el macedonio, y antes el asirio o el egipcio..., o el inca o el maya en otras partes del mundo) y consiste simplemente en la política que practica en cualquier momento y lugar la cabeza del imperio correspondiente, que puede resumirse en un solo rasgo básico: algo tan simple y elemental como la rapiña.
Pensar que el imperialismo es la fase «monopolista» del capitalismo –que Lenin sitúa a partir de 1870, y Arrizabalo parece que a partir de la Primera Guerra Mundial, y que los "leninistas" (en este sentido) actuales parecen pensar que será coextensiva con el capitalismo ya para siempre, pues nunca dicen cuándo terminó la fase que empezó hace ya tanto– no es sino una simple concesión por parte de Lenin a la concepción liberal (en el sentido de la teoría económica pura) del monopolio como negación (por muy «dialéctica» que se pretenda) de la competencia.
Para Marx, en cambio, el capitalismo industrial era la subsunción de la época del monopolio (anterior al capitalismo industrial) en la batalla competitiva, y ya atacó y criticó la posición de Lenin en lo que era la posición al respecto del «pequeñoburgués» Proudhon. Para los liberales «realistas» (incluido Lenin), el peligro del capitalismo competitivo es que las empresas se vuelvan grandes (pareciera que si se mantienen pequeñas se mantienen sanas, conforme a la posición de clase de Proudhon), y no, como para Marx, la propia existencia del capital (relación social) y la propia competencia. De ahí que tanto Lenin como Milton Friedman alcen su voz contra los grandes monopolios casi con los mismos argumentos (aunque defiendan intereses de clase tan distintos).
Y por último, ¿qué aporta realmente, para el análisis de este sistema capitalista (que vamos a superar, aunque no sepamos cuándo), decir que hemos entrado en su época «imperialista», sino dos cosas? Por una parte, una denuncia «moral» y «sentimental» del capitalismo, es decir, una manifestación más de esa especie de socialismo sentimental que de tanta mala leche ponía a Marx. En segundo lugar, contribuir a asentar en la cabeza de los estudiantes de Economía la idea (falsa) de que en el capitalismo manchesteriano «premonopólico» sí que estaba vigente la «competencia perfecta».
Fuente: Diego Guerrero en El Revolucionario



























































































